viernes, mayo 4

Cuentos Cortos IV

Je t’aime


Era la pequeña ciudad de Montán que me había acogido aquí después de un “fin del mundo fallido” en el año 2000, era también la que había conocido mi dolor. Pero no te hablo de cualquier dolor, me refiero al dolor real de incertidumbre, al dolor profundo y expuesto; el dolor que se cala en la piel de los pocos que de verdad aman. Acepto que antes de aquel tiempo de apocalipsis fui la mujer más feliz de entre los que pocos felices eran en el mundo entero; nadie lo entendía porque había más preocupación por la nueva venida de un Salvador y crisis de toda índole.


Lo recuerdo bien, lo recuerdo todo y lo recuerdo ahora cuando rumores de un nuevo “fin del mundo” acechan otra vez:


Todo empezó en 1998 cuando era otro amor el que rondaba mi cabeza (no mi corazón). En aquel tiempo Bernardo sólo era amigo mío pero he de confesar que los momentos que compartíamos juntos me exaltaban más que cualquier beso de aquel novio en turno. Un día Bernardo comenzó a llamar mi atención más de la cuenta, conquisto mi corazón de a poquito. Nuestros momentos se volvieron esperanzadores, encantadores, deseables… me enseño muchas cosas que quise aprender, me enseño lugares que nunca imaginé existieran, declamo versos los cuales sólo mis ojos y memoria fueron testigos; me llenaba y tenía completa certeza de que él también se sentía lleno de mi, de mis hechos, mis palabras. Un día aceptamos todo eso que sentíamos, un martes, rendidos, desnudamos nuestra alma, completos y sin vacilaciones. Me entregué a él esa noche de azul obscuro y todo lo demás se desvaneció, careció de importancia, éramos él y yo, yo y él. Nosotros.


Ya sé que no puedo sonar muy sensata a mis setenta años de edad, pero te digo, él fue el amor de mi vida. Durante los siguientes meses no existieron preocupaciones por una “Nueva era” no al menos para nosotros. Éramos uno, me encontré en sus ojos un mil veces, reconocía su piel en la mía. Su voz era como un tatuaje en mi corazón. Teníamos luz, un futuro, proyectos para estar toda la vida.


Pero era mucha suerte para toda la incertidumbre que vivían los demás a nuestro alrededor…


Una mañana en el mes de Octubre del año 1999, mi madre levanto a todos mis hermanos, incluyéndome, quería que asistiéramos a escuchar las palabras que el párroco de la iglesia quería darnos acerca de la “nueva era”. Sentada en la iglesia casi sin poder escuchar lo que decía el Sacerdote Miguel pude ver a Bernardo de lejos, su cara mostraba desconsuelo “mírame amor, mírame por favor...” fueron las palabras que se formaron en mi mente a falta de voz, pero él nunca volteo. Mi madre dio palmadas en mi rodilla para llamar mi atención, entonces por primera vez en esos meses en los que no hice sino vivir, sentí miedo. Miedo de mi y lo que estaba haciendo, miedo de no poder realizar todos mis planes a lado del amor de mi vida, miedo que tomo forma.

En los próximos dos meses no hice nada más que estar en mi casa a lado de mis hermanos y de mi madre, esperando al apocalipsis. Bernardo se había ido. ¿Te puedes imaginar el dolor que sentí? Ahora triplícalo porque sentía toda clase de sentimientos revueltos. Te puedo jurar que no entendía nada, no entendía su partida, no entendía su abandono hacía mi. Supe por un hermano suyo que había partido a un viaje para reconciliarse consigo mismo, para salvar su alma antes de que el apocalipsis acabara con esto. Pensé mil cosas, mil monstruos se colaron en mi alma. Todo se agazapo dentro de nada. Lo peor vino cuando mi madre noto mis ausencias de espíritu, pensó que se debían al próximo “fin del mundo” y no la culpo. Una noche cuando todos dormían excepto yo por el dolor, escuché como oraba a sus ángeles, les pidió que me devolvieran la vida que hasta hace unos meses observaba en mí, les prometió que sí lo hacían ella encontraría a un buen hombre para mi sí es que sobrevivíamos.

Sentí pánico.


Lo demás debes saberlo, el mundo no se acabo de ninguna forma en ese año, sólo una tristeza que creció en mi imparablemente; aún así pude casarme con tu abuelo, tuve a tu madre y a tus tíos. Pero no te engañó, nunca volví a hacer totalmente feliz.


Esto que te voy a contar sólo tú y yo lo sabemos, es nuestro secreto ¿sí? ¡Sabía que dirías que sí!


No encontraba el encendedor en mi bolso, de pronto un hombre se acerco a mí y prendió mi cigarrillo, era él.


-No has cambiado en nada Aimee.-dijo


De pronto un flashback con todos los cigarros que fumé en la época de mis treinta vinieron a mí, cargados de su esencia; no podía creerlo pero era él, de nuevo aquí. Las lágrimas no brillaron por su ausencia y lo único que atiné a decir fue:


-Mi mundo sí se acabo.-Me di la vuelta y empecé a caminar.


Sentí todo lo que en su momento me hizo sentir Nada había cambiado en él, su cabello ahora era gris pero no lo hacía menos atractivo.


-Sí me permitieras…-su voz hizo volverme- Je t’aime.


¿No lo dije? Nunca nos dijimos “te amo” y en ese momento cuando el lo dijo, todas sus excusas fueron innecesarias porque también lo amaba, lo amé siempre incluso ausente. Lo amé por debajo de las piedras y lo amaré sí él mundo se acaba mañana; y es que no lo entiendes pero él me saco de una vida normal. Viví, viví y fui feliz.


-Ya es tarde.- Fueron mis últimas palabras hacía él.


Tú abuelo no se merecía una traición.


Fin.

Pd. Este cuento fue escrito allá por Diciembre, del año pasado.  En ese momento  una personita  fue mi inspiración, sólo quiero decir qué: Sigues siendo inspiración.siempre.

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